Recuerdo que éramos niños
Unos cinco o seis niños
Que jugábamos al fútbol en la cancha del pueblo
Había unos arbustos escondidos ahí
Una especie de selva amazónica en donde nos escondíamos
De la mirada de los otros adultos
Y prendíamos un cigarrillo que fumábamos entre todos
Mientras hablábamos de chicas imposibles
Que nunca nos dirigían ni siquiera una sonrisa
Y si lo hubiesen hecho
Tampoco hubiésemos sabido que hacer con eso
Entre tanto hablábamos y hablábamos
De hazañas futuras y conquistas recientes
Que se circunscribían a una seguida de chica hasta la casa
Sin que ella se percatara del asunto
Ni de nuestros parcos sentimientos
O del robo furtivo de un chocolate en el supermercado del pueblo
O de cómo llevaríamos a cabo el plan de hacerle la vida insufrible
Al triste profesor de matemáticas
Entre tanto fumábamos y hablábamos
Entre nosotros se decía que había un niño
Al que le gustaban los otros niños
Era un rubiecito flaco y largo
Que fumaba su cigarro empapándolo de saliva
Nadie quería darle una pitada después de el
Cuándo nos tocaba el turno de sorber el mágico tabaco
Más por temor de sufrir un contagio
Que del asco de su saliva pegoteada al cilindro
Todos sabíamos lo que se decía de el
Pero nunca nadie quiso romper la esperanza de la duda
Hasta ese día que harto de que llene el cigarrillo de saliva
Uno de nosotros le dijo
Porque en vez de chuparte el cigarrillo no te comes esta?
A lo cual el tierno rubiecito como quien no quiere la cosa contesto:
Empiezo por vos entonces
Hubo un silencio atroz y misterioso
Nadie fue capaz de esgrimir el encantamiento que allí sucedía
Hubiese bastado con una palabra o un movimiento
O tal vez con levantarse y sencillamente irse de ahí
O tal vez todos esperábamos que alguno tomara la iniciativa
Y sencillamente le diera un golpe en la nariz
Y que llore desangrándose
Como un maricon de mierda
Pero nada de eso estaba pasando y fuimos testigos
Del advenimiento del goce
Cuando el rubiecito tierno y juguetón
Se comía con fruición todas las pijas de los allí presentes
Después de unas horas de silencio
Alguien se levanto y se fue
Después uno a uno nos fuimos yendo
En silencio y con la cabeza gacha
Nunca volvimos a la selva amazónica
Y al rubiecito tierno de ojos azules
Le hicimos la vida imposible
Hasta que termino cambiándose de colegio
Harto de insultos y triquiñuelas varias
Que acometíamos con devoción y odio
Ahora me pregunto
Cuanto mal te hicimos rubiecito de ojos azules y juguetones
Te humillamos hasta el hartazgo
Una y otra vez
Y vos no decías nada
Tan solo nos mirabas con ojos incomprensibles y tristes
Hoy te pido perdón mariconcito de mi alma
Tenías el coraje de los guerreros
Y la voluntad de los trenes que surcan la madrugada
La valentía de los toros que desfallecen en la plaza
Mirando el círculo vicioso de la algarabía
Hoy te pido perdón mariconcito de mi alma
Espero que la vida te haya dado mucho más
Que la sinrazón y la estupida ceguera del corazón.
jueves 12 de junio de 2008
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6 comentarios:
A no reprimir el goce nunca...
Tus textos son cine, estan plagados de imágenes.
Veo las caras y escucho la crueldad de los presentes...la zelva, incluso silencios. Todo.
Una película (europea?)digna de ver. A recomendar!
Saludos!
Claro, europea, esto sucedio en un pueblito a 60 kilometros de Barcelona, alli vivi desde los cinco hasta los trece años, luego volvi a mi tierra, desde donde escribo. Saludos Julieta y gracias por las visitas!
Aúpa tu escrito!
Muy bueno, si señor.
Salu2
Gracias Retahilas y bienvenida!!!
Sabes quien era ese rubiecito? jijiji...
Yo- Leopoldo-
sin palabras.
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